jueves, 1 de mayo de 2008

EL Agitador

EL AGITADOR
Por Enrique Pichón – Rivière Todo estallido de violencia es organizado y planificado por un líder que asume ese rol con espontaneidad, sin que le sea expresamente adjudicado por el grupo que lo rodea. Ese líder necesita ponerse a prueba a través de la violencia, y es así como se convierte en la levadura de esa explosión. Actúa porque idealiza la magnitud de los cambios sociales que son deseables, y al crecer el monto de las esperanzas no satisfechas aumenta la frustración y con ella la violencia. Como líder ayuda a canalizar la agresión y exacerba los ánimos apuntando a un objetivo. Es un estratego que con mala fe incrementa el monto de frustración de la masa utilizando el rumor y otras tácticas indirectas. Este agitador es un personaje que oculta en sus motivaciones viejos antecedentes de su historia personal. Ha acumulado resentimientos suficientes para convertirse, a su vez, en el portavoz de la frustración de su grupo y asumir así una posición de liderazgo. Este odio va acompañado por un implacable sentimiento de culpa, mantenidos ambos en el inconsciente. Los mecanismos empleados para librarse de la pareja odio-culpa consisten en convertir esa tendencia hostil, esa agresión reprimida, en una actitud de fraternidad desplazada sobre la humanidad entera, identificándose siempre con los sufrientes. Los mecanismos inconscientes encuentran su apoyo en argumentos racionales. Este tipo de líder no sabe lo intensos que son su amor y su odio hacia determinados grupos y valores. La ambivalencia de sus sentimientos permite asombrosos y repentinos cambios de ideología, aunque no de conducta. El desarrollo de su hostilidad se vincula primero a personajes concretos de su medio familiar, pero luego, por sentimiento de culpa, desplaza su odio sobre otros en los que por fin descarga su agresión. Se libra de la culpa cuando un estallido de violencia puede destruir un objeto inanimado, pero es de notar que ese objeto es siempre simbólico. Ataca en su afán de iconoclasta los signos más representativos de la comunidad que quiere reformar. Logra su prestigio a través de un ascetismo, un total desinterés por el dinero, pero su ambivalencia lo lleva a conseguir del grupo que lo apoya que solucione sus problemas de supervivencia. Sus contradicciones internas lo empujan a buscar las alianzas más, desconcertantes configurando una estrategia que promueve la confusión. A primera vista, el agitador emerge como un telón sobre el que quienes lo rodean proyectarán sus aspiraciones y ejercerán una presión progresiva. Así, es modelado según las aspiraciones de su grupo en una especie de pigmalionismo colectivo. Se construye un instrumento que entrará al servicio de una élite tomando a su cargo el aspecto operacional de su ideología. Desde esa posición de liderazgo queda expuesto a todos los golpes; no se siente, sin embargo, una víctima. El líder íntimamente necesitado del grupo que lo sustenta, encuentra, quizá por esto mismo, motivo de desconfianza; se siente perseguido, sospecha conspiraciones, mantiene una actitud de proselitismo constante. Para delinear el perfil de este personaje, falta describir los sistemas de comunicación que emplea, la posibilidad que tiene ahora de utilizar medios masivos aumenta sus posibilidades de acción. Si escribe, desde sus artículos se mostrará como un apasionado defensor de la justicia, el orden, el control de la productividad; en una palabra, será el adalid de todo aquello que inconscientemente desea destruir. El agitador es un ser fuertemente egocéntrico, de un egocentrismo reforzado por las frustraciones en las primeras experiencias amorosas, los obstáculos padecidos en sus primeros intentos de relaciones personales. También una indulgencia de admiración excesiva de parte de su medio familiar contribuye a configurar la personalidad del agitador. Por impotencia instrumental se encuentra impedido de preferir las tareas normales, buscar su integración en la sociedad o requerir respuestas efectivas de de una sola persona o de un grupo, pero él extiende esa aspiración a objetos generalizados porque otorga el más alto valor a la reacción emocional de su público. Su búsqueda de éxito y su metamorfosis en ídolo está orientada, en realidad, a satisfacer tendencias sexuales perturbadas. Algunas veces el agitador usa la palabra, experimentando un tremendo impulso hacia la comunicación por la que piensa devolver a los demás la admiración y el apoyo que recibe. A fuerza de reprimir sus afectos inconscientes llega a un estado de despersonalización y enfriamiento que lo conduce a jugar un doble papel a la vez actor y espectador. Cae así en el cinismo, plataforma desde la cual maneja una intrincada red de técnicas maquiavélicas. *Copyright: Primera Plana, 1966.
Fuente: Artículo cedido por Joaquin Pichón Riviere

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